Para quienes se consideren amantes de los espacios naturales mejor conservados, el lugar del que hablamos hoy puede ser sin duda una referencia. Se trata de un barranco muy peculiar que desemboca sus aguas cristalinas en el río Guadiela, en otro paraje espectacular llamado la Hoz de Tragavivos. La gran particularidad de nuestro barranco de hoy consiste en que las duras aguas calcáreas han generado (y siguen generando) una inmensa estructura tobácea por la que podemos descender en forma de gradas, y siempre protegidos por un maravilloso bosque mixto de avellanos, arces, quejigos.

Todo un paraíso. El barranco se encuentra junto a la Herrería de Santa Cristina, pedanía de Carrascosa (Cuenca). Para llegar no nos queda otro remedio que transitar por pistas forestales, nada de asfalto, desde la carretera de Carrascosa, desde El Pozuelo o desde Alcantud, lo que nos da idea del grado de aislamiento del territorio. Es uno de los motivos que facilita la poca masificación del lugar.

Desde la Herrería tenemos una aproximación de casi una hora, para calentar bien. Llegaremos al barranco cerca del puente de las Tobillas. Unas vez que nos equipamos comenzamos a caminar junto al barranco, entre pinos laricios, bujes y majuelos. Multitud de bejucos de parras y madreselvas, indican el escaso uso del territorio.

Por fin ha llegado el momento de entrar al agua al desaparecer las terrazas junto al cauce. Siempre recordando que los barrancos son uno de los entornos más frágiles. Todo animal, insecto, molusco, bicherío al completo de la zona depende total o parcialmente del curso de agua, muchos para poner sus puestas según las estaciones, por lo que progresaremos en fila, sin abrir más sendas que la que utilizamos. Magníficos tilos se mezclan con los avellanos, fresnos y quejigos.

Cuando las laderas se convierten en paredes, nos recibe un pequeño tejo con poco más de 20 años, que no llega a los dos metros de altura, y que soporta las crecidas cada primavera por su ubicación. Son los estrechos. Sacamos las cuerdas, llegan los saltos.

Hay seis saltos equipados para el rapel, algunos de ellos con doble equipación, aunque alguna de ellas pensada para momento de desbordamiento. Este barranco presenta un divertido caos de bloque donde recibir un buen chorro de agua fría en el cogote. También un tobogán con más de 450 de inclinación.

No hay dos rápeles iguales, algunos con cierta verticalidad, otros sobre fisuras, alguno con el chorro muy cerca.

Aunque algunas personas prefieren destrepar algunos pasos para evitar montajes, el daño que se provoca a las tobas y los tapices verdes de musgos es elevado. Siempre es preferible tardar un poco más. Este barranco requiere un progreso menos deportivo y más respetuoso, siendo éste un aspecto que no todo el mundo tiene en cuenta.

Al finalizar el barranco, entre paredes verticales, pasamos cerca de las cornisas donde crían buitres y alimoches. Incluso es relativamente fácil ver pasar algún halcón. Antes de llegar a pisar las aguas del Guadiela, en un cauce muy alterado por la gestión hidroeléctrica, saldremos por la derecha del barranco para seguir una senda casi perdida entre bujes, pinos y quejigos hasta volver a la Herrería. En la ascensión al pueblo dejaremos a la izquierda vestigios de estructuras hidráulicas talladas en la toba, recuerdo del pasado industrial de esta localidad.

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